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Milagros y su viaje

Cuando perdí a mi padre

Donde quiera que estés…

Cuando tenía diecisiete años, mi padre se fue de mi lado. Sin previo aviso, sin un adiós. Hasta muchos años después cuando alguien me preguntaba por él, no podía articular la maldita palabra: “muerto.”

Sí, mi padre se había muerto; la vida quiso que me abandonase un día de agosto en el que la noche anterior y sin saber muy bien cómo, había perdido mi virginidad. Nada del otro mundo, más bien un trámite por el que había que pasar y que me dejó un sabor de boca más bien incierto.
Pero él se dio cuenta en el acto en cuanto me vio entrar. Con ese instinto de hombre de mundo, que sin palabras traspasaba mi alma. Lo supo.

Mi papá era gallego, de Galicia, de un pueblito llamado San Juan de Frontón.

Se crio prácticamente sin madre, con un padre enfermo, junto con un hermano un año menor que él y cuidando unos animales de un tío, de los que también se alimentaban, como Rómulo y Remo.
Pero mi papá era fuerte, inteligente y sacaba fuerzas de donde no había y se fue al puerto de Vigo, y empezó a trabajar en los barcos de corto recorrido.

Era una persona entrañable, bueno, dulce: todo el mundo lo quería.

Era de esas personas que hacen amigos en cualquier sitio, cosa que quiero pensar que heredé.

Cuando pudo vestir pantalones largos, como se estilaba en aquella época y por su buen desempeño, su jefe lo dejó hacer viajes por todo el mundo.
Conoció Jerusalén, Estados Unidos cuando todavía los blancos y los negros iban separados en el autobús, fue a la pesca de la ballena en Ushuaia, pagó a una orquesta para poder cantar con ellos en Alemania

Así era mi padre. Amigo de sus amigos, buen confidente sin que tú le contases nada.

Fumaba muchísimo, pero él hacia de fumar un arte. Le gustaba fumar un cigarrillo después de comer y cuando era pequeña, me sentaba en la mesa del comedor a su lado y cuando él dejaba las colillas, yo las probaba.
En la adolescencia, cuando vio que podía empezar a fumar en serio, me preguntó qué cigarrillos me gustaban y me los traía siempre sin faltar junto con mi primer encendedor, por el cual más tarde hice una colección, para que no fumase a escondidas.

Antonio Rodríguez era un gran sibarita.

Le encantaba cocinar, comer y agasajar a los suyos con sus manjares. Me enseñó sobre vinos, me descubrió las angulas; no había nada como su empanada gallega o su pizza, preparaba el asado y hacía el chimichurri como nadie. También hacía un cerdo a la parrilla para chuparse los dedos y le gustaba el Suter etiqueta marrón, quizás porque le recordaba al Albariño de su tierra natal, no lo cambiaba por ningún otro.

Era muy reservado: nunca me quiso enseñar a hablar gallego pero, gracias a que lo hablaba con mi tío es que puedo entenderlo perfectamente, porque en aquella época Franco lo había prohibido.

Apenas hablaba de España, pero junto con mi madre, a la que conoció trabajando en los  barcos, hicieron un viaje ya de casados por toda Europa, empezando por Holanda, bajando por Alemania, Francia, Burgos (la tierra de mi madre) y su Galicia natal.

Cuando tenía cincuenta y cinco años, con mamá, hicieron una casita en un pueblo, pensando en vivir felices el resto de sus vidas y en dejarnos algo a mi hermana y a mí para cuando ellos no estuviesen.


Trabajaba en un hotel de camarero y seis horas diarias más en un taxi para poder construir la casa. Casa que apenas disfrutó, porque siete años después de terminarla, nos dejó para siempre.


Casa que tenía un pozo profundo para conseguir el agua más pura, los cimientos preparados para movimientos sísmicos y un terreno que cubrió con siete camiones de tierra fértil, para evitar las inundaciones, y poder hacer una hermosa huerta.
Huerta en la que había de todo: tomates, papas, lechugas, legumbres, fresas y todo lo suficiente para abastecer a una familia e incluso animales: gallos, gallinas, conejos y patos.


Teníamos una higuera, un laurel y un pino, alto, bellísimo, en el que debajo se podía dormir la siesta. Pero eso él ya no lo disfrutó.

A mi papá le encantaba andar en bicicleta, un amor que también me inculcó. En sus ratos libres, salía a andar junto con su perro Tonel y se iba a hacer la compra, pero era un paseo que duraba un par de horas, porque con todo el mundo se paraba a conversar un ratito.

Cuando murió, al entierro vino gente de todos sitios, gente que ni mi madre, ni mi hermana, ni yo conocíamos a brindarle su respeto al “gallego”


El párroco de mi colegio, aunque él no era muy practicante, era íntimo amigo suyo, y trajo a toda mi clase en comitiva para darle el último adiós.

Cuando empecé a ir a bailar, primero me acompañaban papá y mamá hasta la puerta del baile, y a mí me gustaba. Después, en vez de ir los dos, mi papá hacía algo que siempre me dio mucha ternura y un poquito de vergüenza: venía con nuestro perro y la bicicleta al baile y una noche me vio besándome con un chico; no me importó: yo me fui muy contenta con mi papá y a él nunca más lo volví a ver.

Papá tenía esas cosas, ese decir todo sin decir nada, ese “yo no escucho pero oigo”, “yo no miro pero me fijo”… siempre se preocupaba por mí.


No le gustaba que viviese tan encerrada, los bailes eran algo más bien esporádico, que no saliese, que no conociese más gente, y que siempre estuviese pegada a las faldas de mi madre y a la sombra de mi hermana. Odiaba que me pusiese el pelo de color rubio: le gustaba mi melena castaña.

Pero dejó la tarea sin concluir, justo cuando más lo necesitaba. 

Al poco tiempo de morir, me fui a comprar ropa y cuando volví con las bolsas, quise ir corriendo a mostrárselas, pero ya no estaba.

Años más tarde, cuando creía que la herida había empezado a cicatrizar, una noche me desperté llorando amargamente, queriendo verlo, queriendo estar con él unos minutos, tan sólo una vez más.
Era consciente perfectamente de lo que había pasado, pero no me importaba en absoluto. Como una criatura que no quiere comprende su realidad, yo quería una nueva oportunidad de abrazarlo, de saber si estaba bien, de si me quería, de que supiese de una vez que yo también lo quería, y que nada anterior importaba.

Por eso lloré, lloré con furia, con rabia, en mi cuarto, sola, en mi casa en Madrid, sin que nadie me oyese, y sin poder quitarme de la cabeza la canción de Celine Dion “Inmortalidad”.

Una semana antes de morir, de improviso, tuvo que ir acompañar a una hermana suya a un viaje.
Se puso su abrigo, su bufanda verde y se fue.

El último año, había descuidado su querida huerta, y yo intuía que algo le pasaba.

Mamá se iba a dormir temprano y nosotros nos quedábamos a ver la tele. La última serie que vimos se llamaba “Herencia de amor” y el tema principal lo cantaba Nana Mouskouri.
Viéndola con él, la novela trataba de una hija que perdía a su padre sin poderse despedir y yo rompí a llorar desconsoladamente, tratando de que no me viese.

No imaginaba pero quizás intuía que en unos días sería yo la que lo iba a estar viviendo.

Cuando lo vi en la puerta ese día, sin saber muy bien por qué, le pregunté:

“- ¿Vas a volver?”

Se rió con esa sonrisa perspicaz muy suya y se fue.

Por eso, prefiero pensar que se fue de viaje, en uno de esos viajes en barco en los que me hubiese gustado ir con él y mirar juntos por el ojo de buey.

La imagen es de Robert De Niro porque no tengo fotos suyas, pero se parecía terriblemente a él.

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Por admin

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2 respuestas a «Cuando perdí a mi padre»

Me conmovió. Terminó este comentario y voy derecho a llamar a mi viejo. Gracias por compartirlo. Te mando un abrazo grande!

¡Gracias a vos por leerlo! Fui una privilegiada por tener un padre como él. Cuida mucho del tuyo. Abrazo enorme.

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