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Milagros y su viaje

Globalización

¿Hasta qué punto nos perjudica y nos beneficia la globalización?

Quizás como argentina hija de españoles y por haber vivido quince años en España, no debieran extrañarme las mixturas: algo de mezclas y distintas idiosincrasias conozco.

Pero hasta el punto de que en cualquier supermercado se consiguen en cualquier época del año todo tipo de productos o de que una japonesa puede ponerse la misma ropa que una española, me suena inconexo, cuanto menos.

No me malinterpreten, no lo digo en contra de los industriales, ni de las chicas, todo lo contrario, me refiero a la uniformidad, al “todos iguales, todos lo mismo.”


¿Por qué todos iguales y todos lo mismo? ¿Acaso no somos diferentes y particulares en miles de formas? ¿Por qué no empezamos a reivindicar nuestras diferencias como un regalo hacia los demás?

Tampoco estoy abogando por el folklore a ultranza, pero hay que reconocer que hay muchas cosas que se pierden por el camino.

Si no nos detenemos un poco a pensar quiénes somos y qué queremos de la vida, terminamos siendo un producto terminado y acabado de lo que nos quiere imponer el que más fuerza tiene, a todos los niveles, económico, mental y espiritual.

Internet es una excelente herramienta para estar comunicado con el mundo, esa es una verdad de Perogrullo, pero creo que debemos ser muy exigentes en cómo nos manejamos con ésa y con toda la infinidad de facilidades que tenemos hoy en día.

Hay tanto para elegir, tanto por conocer, tanto por descubrir…

Personalmente a veces me siento como una criatura de cinco años que todo me gusta y todo lo quiero y ahí es donde uno debe pararse a pensar y ser muy riguroso con lo que nos están ofreciendo y quién.

De chicos nos decían que no hablásemos con extraños, ni que recibiéramos ningún regalo, con eso bastaba; pero hoy, de adultos, hay miles de mundos dentro del nuestro con diferentes intenciones, algunas espurias, otras comerciales, otras realmente convenientes, reclamando o no nuestra voluntad, nuestra identidad y nuestra capacidad de decidir y de elegir, casi nada, o casi todo.

Pero caemos en la trampa muy fácilmente por una sencilla razón: siempre queremos y deseamos lo que tiene el vecino. Y el vecino hoy puede estar en la India, New York o la Patagonia.


Entonces, tan sólo con un pasaje de avión, ya nos sentimos imbuidos del espíritu hindú y llegamos al aeropuerto recitando mantras.

Pero no somos neoyorquinos o chubutenses; somos de donde somos y en cada viaje que hacemos, en cada cosa que elegimos, algo ganamos y algo perdemos.

Sí, la vida es crecimiento y es cambio, pero no se puede cambiar a ciegas, sin saber qué se está haciendo.

Y entonces, poco a poco, nos vamos transformando en algo diferente, amorfo, en los que no se distingue bien a un habitante del altiplano boliviano y se lo confunde con un pakistaní.

Y mi pregunta es ¿a quién beneficia eso?

No deja de ser un control exacerbado hasta la exasperación de cada uno de los seres humanos que habitamos la tierra.

Al principio me encantaba esto de la globalización, pero si lo piensas detenidamente…

¿No te parece, no sientes que a veces el mundo es como una jaula en la que todos somos monos, manejados por cuatro idiotas?

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Imagen: https://www.eleconomista.es/

Por admin

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