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Milagros y su viaje

A todo uno se acostumbra

Marcelina era una señora de  Burgos, amiga de mi madre en la infancia.

Se conocieron de pequeñas yendo al colegio; a ella y su familia se les incendió la casa y como era lo usual en esos casos, todo el pueblo salió a socorrerlos, aunque no quedase mucho que salvar.

Siempre hablábamos por teléfono y, aunque en un primer momento las puse en contacto para que continuasen la amistad de la infancia, luego me gustaba mucho hablar con ella. 

Era una persona jovial y llena de vida.

Estaba a punto de cumplir noventa años y vivía sola, en un caserón en Barbadillo del Mercado, con sus gélidos inviernos, pero nada la arredraba.

Si no llegaba a los muebles altos de la cocina, porque por su edad estaba empezando a encogerse, decía que “alguien había venido de noche y los había puesto más altos”, si le pesaba demasiado la abrigada ropa que necesitaba para combatir el mal tiempo, decía que era porque “alguien le había llenado de piedras los bolsillos”, pero siempre con una sonrisa y una frase:

“A todo uno se acostumbra.”


Tampoco tenía miedo a la muerte, decía que a todos nos toca y que cuando le llegase, alguien la iba a encontrar, y que no había que preocuparse demasiado.

No había tenido hijos, pero estuvo casada durante sesenta años con el mismo hombre, había enviudado hacía once y sí sé que había unos sobrinos que cuidaban de ella, pero estoy segura de que era ella misma la que decidía su independencia.

Eso me llevó a pensar en lo adaptable del ser humano.

El hombre se adapta a todo. Podemos hablar de climas, estados mentales, trampas psicológicas, abusos, riqueza, pobreza, salud, enfermedad, alegría, tristeza y una larga lista de etcéteras que todos conocemos.


Desde los actos de arrojo más sublimes hasta los hechos más horrendos e inverosímiles, incluso a vivir en otro planeta, que estoy segura que con el tiempo se logrará.

Todos sabemos la anécdota de la madre que al ver a su hijo debajo de las ruedas de un automóvil, desarrolla una fuerza muy superior a la suya para poder levantar el vehículo y con ello salvar a su niño, o los secuestrados que terminan enamorados de sus secuestradores como el denominado ‘Síndrome de Estocolmo.’

Sin ir a casos tan extremos, podemos pensar en la gente que  emigra, por elección, por necesidad o por deseos precisamente de eso, de un cambio.

Cambian sus costumbres, su modo de vida, a veces su idioma, su forma de percibir la realidad. El propio desarraigo hace que la persona, lo quiera o no, cambie, se adapte. 

En un nuevo trabajo, podemos pensar en los nuevos compañeros, el jefe o los jefes, nuestro propio espacio donde estaremos empleados. O todo lo contrario, quedarnos sin actividad remunerada y volver a empezar desde cero, establecer toda una diversidad de actividades diferentes, incluso convertirnos en nuestro propio patrón por un tiempo o indefinidamente.

La enfermedad grave de un ser querido también hace que nuestra perspectiva de la vida y de las cosas cambien radicalmente.

Se aprenden cosas impensadas, se sufre lo insufrible, se tolera lo intolerable, se descubren talentos que uno creía no tener. O a la inversa, ser nosotros los que tras un accidente de tráfico o un diagnóstico médico aciago, ser los que tenemos que tergiversar todo nuestro modus vivendi  en otra cosa completamente distinta de lo que veníamos haciendo hasta ahora.

Qué decir de los refugiados, o las víctimas de los desastres naturales, que tienen que huir con lo puesto, sin saber adónde, ni cómo ni por cuánto tiempo. Su vida jamás vuelve a ser la misma. 

Todo esto me lleva a pensar en los  límites. Cuántas veces los seres humanos creemos llegar a nuestro límite en algo, dolor, euforia, placer, amor, y llega algo que lo desmonta, lo trastoca todo. 

Hay que borrar todo lo anterior, desaprender todo lo aprendido y empezar otra vez, a veces casi sin darnos cuenta.

Las barreras que pensábamos infranqueables no son más que muros de manteca, que se derriten ante la nueva realidad y con eso y sólo con eso contamos. 

Por eso, la próxima vez que nos suceda algo y creamos que no vamos a poder con ello, recordemos esta frase: “A todo uno se acostumbra.” Recordemos que siempre tenemos margen de acción para metamorfosearnos, otra vez.

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Por admin

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