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Milagros y su viaje

Anorexia

Esa lenta forma de suicidio, subrepticiamente encubierto, que nos puede llevar incluso a la muerte.

Tal vez comience como un simple comentario al que le hacemos más caso de la cuenta, luego empezamos a ver que a los demás les queda mejor la ropa que a nosotros o eso comenzamos a creer, vamos de compras y no nos gusta nada de lo que nos ponemos, demasiado ajustado, demasiado grande…

Después comenzamos a vernos más gordos de lo que estamos.

En fotos, en el espejo, incluso nos miramos a nosotros mismos y sacamos ‘grasa’ de dónde no hay o de donde sí tiene que estar.


Un día lo decidimos: VAMOS A COMER MENOS.

Ahora sí, ahora sí que todo va a cambiar y las cosas van a ser como queremos, todo va a ir mejor y vamos a ser felices, pero sin comer perdices.
El cuerpo, como toda máquina obediente, se acostumbra y nosotros nos sentimos dichosos.

“¡Para qué comía tanto si con la mitad me lleno y encima estoy estupend@!” “¡Cuándo me vean mi nuevo  look, se van a morir de  envidia!”


Y así avanzamos un mes tras otro. No importan los dolores de cabeza, los mareos, las bajadas de tensión, el poco rendimiento en el trabajo o los estudios, ¡si tenemos un cuerpo fabuloso!

A veces también lo atribuimos a la falta de tiempo, “no tengo tiempo de cenar”, “tengo mucho que hacer”, “como algo más tarde”.

Un “más tarde” que nunca llega.

Después empezamos a mirar por Internet, cómo hacen otros para dejar de comer y bajar esos kilos de aquí y allá que estamos convencidos de que nos sobran… y un pensamiento tras otro hacia nosotros mismos, que no es más que un odio y un desprecio perverso y constante, que nos va calando los huesos y enfermando el alma.

La comida tenía la culpa de todo, la comida era la que hacía nuestra vida miserable.

Se acabó la comida, se acabó la infelicidad. Pero es en realidad cuando todo empieza: el mal humor, la falta de sueño, los dolores de estómago, las peleas porque cada vez que nos invitan con algo lo rechazamos… empezamos a mentir… “- No gracias, acabo de cenar.”

Cuando nos preguntan qué hacemos para estar tan delgados siempre la misma respuesta: “- ¡Uy! si vieras lo que como, yo no me cuido para nada, eso sí, me muevo mucho.”

Y el cuerpo, empieza a quejarse seriamente: las pérdidas de conocimiento, los mareos fuertes; los músculos al no tener alimento, se van devorando, literalmente a sí mismos.

Eso que empezó como una pequeña tristeza que no supimos manejar, esa falta de afecto que no suplantamos con amor propio y una buena dosis de sano egoísmo, nos está  matando.

Nadie de fuera nos puede ayudar, estamos entrenados para autoengañarnos y rechazar cualquier tipo de ayuda. Y la mayoría de las veces cuando la aceptamos es tarde, muy tarde.

Quedan secuelas, quedan cicatrices en el alma, se pierde el brillo en los ojos, el pelo no es ya el mismo, la piel es una sombra de lo que fue, perdió lozanía, los dientes se caen…

Algunos nos damos cuenta de lo que hemos perdido, decidimos seguir adelante con lo que tenemos, y otras estamos tan obsesionados y tan ciegos, que seguimos por el camino hasta el desenlace final porque aunque intentemos darle al cuerpo lo que le quitamos, ya es demasiado tarde.

Ahora es él el que lo rechaza, y contra eso no hay nada. Lo programamos para morir, como es una máquina obediente, nos hace caso.

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Por admin

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