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Historia

Julio César

Nos trasladamos al siglo I a.C., un momento culminante de la vida del Imperio, porque hasta ese momento era una república en el sentido en el que lo entendían los antiguos, es decir, se elegía a gobernantes, no por supuesto a la mayoría de la gente, no a las mujeres, no a los esclavos, no a las personas que no tenían propiedades, etc., sino que estaba muy acotado, pero comparado con las monarquías absolutas de Oriente y otras similares, era lo mejor que había.

Por supuesto no tenía nada que ver con las democracias que tenemos hoy, con las limitaciones del caso. Roma era una república que elegía censores, que eran las personas encargadas de cuidar la moralidad pública, elegían sus senadores (de allí nos viene la costumbre, pasó de Grecia a Roma y de Roma hacia nosotros) un grupo de personas, en general personas de cierta edad, es decir en esa época de cuarenta para arriba, aunque había algunos muy jóvenes que lo integraban porque venían de familias importantes.

En la parte superior de la elección de los romanos, o sea el poder ejecutivo, estaban los cónsules que eran dos: un cónsul mayor y un cónsul menor. Se elegían todos los años y eran los que gobernaban haciendo tratativas y pactos con el Senado permanentemente, porque el Senado era en realidad la fuerza más poderosa que tenía la República. Equivaldrían a lo que son hoy los presidentes o primeros ministros, en Alemania que es una excepción sería el canciller (en el resto de los países el canciller es un secretario del presidente ocupado específicamente de las Relaciones exteriores). Los cónsules estaban arriba de todo, y de los dos cónsules había uno con más poder y otro con menos poder, todo estaba bien establecido.

Pero le pasó a Roma lo que le pasa a todos los imperios, en la medida en que como república iba conquistando país tras país hasta llegar a dominar todas las tierras que estaban alrededor del Mediterráneo, mantener la república se hizo difícil porque empezaron los juegos de poder entre los hombres importantes.

En ese momento había dos particularmente: Pompeyo el Grande, que había hecho grandes conquistas y en ese momento estaba viviendo en Roma y César, que venía de hacer grandes conquistas y estaba por entrar de nuevo a Roma.

Eran de ésos grandes hombres que uno dice: “no pueden vivir los dos en el mismo sitio”, muy típico de las películas de cowboy, cuando uno se acerca al otro y le dice: – no cabemos los dos en el pueblo”, bueno, algo así más o menos. Lucha de egos antes que nada: habían hecho pactos entre sí, pero como siempre sucede, eran pactos endebles y en el momento que hay que definir ¿qué pasaba? a Julio César muchos senadores y otros hombres importantes lo detestaban, porque era un hombre superior, un gran general, uno de los mejores generales de la historia.

Vuelve César después de haber conquistado Las Galias que es todo el territorio aproximadamente de lo que hoy es Francia, parte de Inglaterra y haber sometido a muchos enemigos de Roma. Decir que “se conquistan Las Galias” en ese momento equivalía a decir que se conquistan unas cincuenta naciones, porque obviamente estaba ocupado todo el territorio por distintos pueblos.

Había hecho conquistas muy importantes, pero en Roma lo detestaban, creían que era un hombre que quería hacerse con el poder absoluto, en lo que no estaban equivocados. Pero Pompeyo también lo quería y la gente que estaba en Roma, en general estaban con Pompeyo y en contra de César.

Entonces, antes de que César terminara de llegar de vuelta a Roma, le advierten que lo han declarado un “enemigo de la república.” Eso equivalía a que, si entraba en Roma lo iban a arrestar e iba a tener que hacerse cargo de las acusaciones que el senado estaba preparando. Esas acusaciones tendrían que ver seguramente con lo de siempre, haber desobedecido alguna orden o no haber hecho exactamente lo que se le decía, o malversación, o seguramente muchas cosas que tenían un poco de verdad y un poco de mentira, como siempre que uno quiere sacarse de encima a una persona política.

César dice, en sus propios textos que él se esforzó por llegar a un entendimiento, pero el entendimiento no llegó, la advertencia se había cursado, entonces él le dijo a sus soldados que si entraban los iban a considerar a todos enemigos de la república, y les propone decidir a ellos si quieren entrar a Roma o quieren permanecer allí y entregarse.

Todos los soldados de César, acostumbrados a estar siempre con él y a obedecerlo (además los había llevado siempre de victoria en victoria) son partidarios de marchar sobre Roma.

Había un pequeño riachuelo que dividía las tierras conquistadas de la Roma Imperial, se llamaba Rubicón, y es por ahí por donde cruza César con el ejército y de ahí viene nuestra frase: “han cruzado el Rubicón”, que se usa siempre que uno quiere significar que una persona ha hecho algo por lo cual ya no tiene vuelta atrás.

Ahí es cuando César dice algo así como que ya no hay vuelta atrás y la frase que quedó históricamente, no sabemos si fue exactamente ésa o una parecida es la que traducimos como “la suerte está echada”, en latín “alea jacta est” y también quedó como una frase proverbial y se usa también en el mismo sentido que se usa el “rubicón.

Quiere decir que uno acaba de dar un paso del cual tiene que seguir hacia adelante y ya no puede volver atrás, porque volver atrás significaría peores situaciones de las que lo están esperando.

Cruza el Rubicón y ahí está Pompeyo que sabe que César ha cruzado el Rubicón y que está en Roma, y ¿qué se supone que debe hacer Pompeyo? bueno, poner a su gente en armas y enfrentarlo, pero no: Pompeyo no quiere enfrentar a César que era el mejor general de la época y dice que lo mejor es salir de Roma y esperar a César en otro lado.

Para un general como Pompeyo, que también era un gran general y también venía de muchísimas conquistas es una estrategia un poco rara. Pompeyo no quiere reconocer que le teme, seguramente. Lo declaran a Pompeyo “cónsul sin colegas”, es como darle una entidad de dictador pero sin usar esa palabra, porque los mismo senadores que no quieren como dictador a César, sí quieren como dictador a Pompeyo, como suele pasar en todas estas situaciones…

Se retira y se retiran todos los senadores que están con él, y se van a una de las tierras conquistadas y permiten que César entre.

César entra, se hace con el poder y lo primero que hace César es volcar el tesoro que traía de los pueblos conquistados y repartirlo entre sus veteranos.

César hacía todo así, esas cosas que uno dice “tiene razón, no tiene razón…” de hecho uno de los senadores se le opone, uno de los que se habían quedado en Roma por una actitud muy republicana y César lo amenaza con que lo va a matar y dice otra frase famosa:

“- A mí me cuesta tanto proferir amenazas como fácil me es cumplirlas.”

César dice que a él le corresponde aplicar el “derecho de guerra”, que es el derecho de los victoriosos, un derecho que siempre ha sido discutido. César puede dejarlo para la ciudad y no lo hace, por eso es que éste hombre protesta, pero con la amenaza de César se aparta. Podía haber muerto ahí, como un buen republicano, pero no le daba para tanto el heroísmo.

César se hace con el poder de Roma y poco tiempo después bate al ejército de Pompeyo que lo está esperando, hace una campaña para ir a buscarlo, después de muchas idas y venidas, porque Pompeyo huyó como un cobarde pero después le hizo frente en una batalla famosa “Farsalia”, donde César triunfa, queda un pequeño ejército esperándolo, César triunfa sobre ese ejército también y se hace con el poder absoluto. En Roma se solía dar un título de “dictador” que no tenía el sentido que tiene para nosotros modernamente.

El Senado estaba autorizado en una situación extrema a decir: “no es momento para que gobiernen los dos cónsules y que estén en confrontamiento permanente con el Senado”, entonces se le concedía por un tiempo determinado, con una fecha de caducidad a un hombre, el título de dictador, porque la situación lo ameritaba. ¿Quién decidía si la situación ameritaba o no? El Senado. En este caso el Senado decide darle el título a César. Era una cuestión política, obviamente. El poder para dictar decretos es también algo discutido permanentemente.

Yo creo, personalmente que es necesario, los “decretos de necesidad y urgencia”; ahora cómo los usa cada presidente en particular, queda para una discusión eterna.

El decreto es parecido en este caso: se le daba a un sólo hombre y por un período determinado de tiempo. Así había sido siempre y mayoritariamente en los siglos que había tenido de vida la república romana, los hombres que se habían encargado de eso, siempre habían respetado el tiempo por el que se les había dado. A César le dan ese derecho de dictador por diez años, al principio y después, señal de que la vida en la república estaba cambiando mucho, de por vida.

Con Pompeyo derrotado, César era el hombre fuerte de Roma. Pompeyo murió poco tiempo después.

Con César solo, evidentemente nadie quería complicar más las cosas de la cuenta. Él se pone a gobernar, pero está muy poco tiempo gobernando porque de inmediato empieza lo que empieza en cualquier situación, donde un hombre se ha encargado del poder como César y ha despertado envidias y celos de todo tipo: una confabulación empieza a funcionar, básicamente de conocidos o personas que él considera sus amigos.

Cesar nunca terminó de confiar en algunos de sus aliados, porque sabía que muchos hombres, insisto con la palabra “hombres” porque en ese momento el gobierno era de hombres, no incluimos a mujeres en este caso. Hay una mujer en toda esta historia, pero complicaría un poco la situación, que es Cleopatra, que ya había tenido una relación con él y estaba gobernando en Egipto.

Empiezan una conjura contra César, la organizan y aquí vamos a llegar al punto donde llevaba todo este relato.

La conjura se organiza para una fecha específica, es para el quince de marzo. Los romanos llamaban “idus” a los días quince de cada mes, calendas al día primero de cada mes, por ahí viene la palabra calendario. En los idus de marzo empezaban las sesiones del senado. Entonces estos conjurados, los hombres que estaban al frente eran Bruto y Casio, se plantean que César tiene planeado dar el anuncio de que se va a convertir en un rey, o sea que va a convertir la república en una monarquía definitivamente, obviamente con él reinando. Nunca se supo exactamente si ése era el plan de César, muy probablemente no.

A César le gustaba mucho mantener las formas, era un hombre con muchísimos defectos, pero no le gustaban ese tipo de títulos bruscos y menos en una nación que tenía una larga trayectoria de república.

Sabía que eso no iba a caer bien y que no le convenía. Pero más allá de eso, lo odiaban por muchísimas razones y no necesitaban ese pretexto.

Casi siempre que uno organiza una confabulación hay una razón o se esgrime una razón particular o una razón especial y en éste caso fue esa.

Lo odiaban por ser superior, pero además no es que faltaran razones para odiar a un hombre como César, razones legítimas. Después de todo la república estaba en juego, aunque sí es cierto, los conjurados no eran mejores que él.

Se decide que sea a plena luz del día, ellos quieren dar un ejemplo al mundo que dominaban, a la vista de todos, que era la manera de decir “Roma no quiere un dictador”. Querían que sea algo ostentoso.

Llegamos al punto culminante: un hombre como César ¿le daría importancia a todos los avisos que va teniendo de que ése no es un día como todos? Porque tuvo muchísimos, por eso la historia de César es un “bocatto di cardinale” para los escritores, porque ya está bien dramatizado todo lo que sucedió, no se necesita agregar mucho más, salvo un diálogo aquí, un diálogo allá, que dicho sea de paso también, fue lo que hizo Shakespeare en su obra “Julio César”, un retoquecito nada más. Pero el drama ya estaba instalado.

Le habían dicho a César que se estaba confabulando contra él, lo cual no lo habrá sorprendido, porque un hombre como él estaba acostumbrado a que se confabule en su contra. Le ofrecieron tener una guardia armada permanentemente, pero él se negó, dijo “más vale morir una vez que estar temiéndolo siempre”, otra frase famosa de César que después Shakespeare adaptó a su obra. Shakespeare la adaptó parecida, dijo: “los cobardes mueren muchas veces, antes de morir” y es verdad.

Llegan los idus de marzo y empiezan los anuncios. Para empezar su cuarta esposa, se levanta deshecha en lágrimas diciéndole que soñó con su estatua cayéndole chorros de sangre y le suplica que no vaya al senado ese día. Ella se lo tomó muy en serio, pero como pasa siempre César dijo: “- no me vengas acá con esas cuestiones femeninas, con tus cosas raras de mujer…” si bien él era un hombre muy gentil con su esposa, supongo que en algún momento habrá dudado, pero, uno de los hombres comprometidos en la confabulación pasa a buscarlo y al parecer, también ayuda a convencerlo de que son mitologías femeninas y que no tienen nada que ver con su éxito en el senado. Primera señal que César desoye. César no podía explicar el no ir al senado por consejo de su mujer, no quedaba muy viril, seamos sinceros.

Imagino que a hombres como él se le aparece siempre el momento de dar explicaciones porque viven para la historia, supongo que también está en su conciencia esa cuestión del relato de su vida. Ésos hombres viven con un relato en la cabeza y por cierto hay muchas mujeres que viven con un relato en la cabeza, pero mayoritariamente hombres, en el sentido de que, cada cosa que hacen es lo que se va a decir, un relato permanente en la historia, casi siempre en tercera persona.

Algunas últimas palabras se inventaban, otras son falsas, uno lee libros de historia donde hay lindas frases siempre, a veces aclaran cuando es casi seguro que sean reales y cuando son producto de la leyenda.

Mucha gente se pregunta “¿cómo se sabe qué dijo Alejandro Magno, o qué dijo César, o qué dijo Aníbal en determinado momento?” Hacemos un pequeño paréntesis, ellos estaban en general con un secretario cerca, entonces había una frase que era “que quede escrito”, entonces ellos decían, como dijo César una vez “vine, vi, vencí” hablando de otra batalla: “vini, vidi, vinci” y en ese momento le decía al secretario “que quede escrito.”

César ignora la primera advertencia, sale y se cruza con un adivino, probablemente un hombre de éstos que vivía o que pasaba mucho tiempo en la calle, que siempre le decía lo mismo:

“-Teme a los idus de marzo”; otra frase proverbial, como ven hay un montón y aquí estamos explicando un poquito de dónde vienen.

La frase se usa hasta hoy en día, para advertirle a una persona que está pasando un momento de fortuna muy grande, y quiere decir que no sabe en qué momento puede caer desde la eminencia mayor a la profundidad más absoluta. Es como decirle “disfruta de lo que está pasando, pero no te olvides que en cualquier momento se puede acabar.” Siempre le decía lo mismo, entonces César pasa por delante de él y sobrándolo le dice al adivino: “- Ya estamos en los idus de marzo…” y el adivino le contesta: “- Ya han llegado, pero no han pasado”, pero César se va sonriendo al Senado, habiendo pasado la segunda advertencia ya.

Entra en el Senado y allí lo esperaba la multitud, porque había casi siempre mucha gente alrededor del Senado, para hacer reclamos, para hablar con los senadores, para hacer pedidos, muchas veces eran obviamente pedidos a César. Entonces uno le entrega un pergamino diciéndole: “- Léelo pronto, que hay cosas de tu interés…” ¿Qué tenía el pergamino adentro? Una denuncia en detalle de quiénes eran los conjurados, con nombres, situación y todo lo que te puedas imaginar.

Éste hombre se había ocupado, quizás con otros de investigar, ya que en el pergamino estaba la investigación completa.

César agarra el pergamino y lo tiene en la mano, porque enseguida empiezan los reclamos y lo sostiene, sin poder abrirlo o dejándolo para después… No le da tiempo a leerlo y es la tercera advertencia que pasa por alto. Tengamos en cuenta que por su situación recibía reclamos permanentemente, así que es probable que haya pensado que ése era un reclamo más.

Sostiene el pergamino en la mano y entra en el Senado, donde lo esperan los conjurados muy tranquilos, en apariencia, porque estaban temblando también, y que la situación no era fácil para ninguno.

El único hombre que podía salir en su defensa era Marco Antonio, uno de sus generales que lo había acompañado en casi todas sus batallas.

Entonces los conjurados se ocupan de decirle a uno de sus hombres, que distraiga a Marco Antonio antes de entrar en la sala del senado. Cómo no es con Marco Antonio la cuestión, le dicen a Cayo Trebonio que lo distraiga en la antesala para que no entre, mientras ellos se ocupan de César.

Cayo Trebonio inicia una conversación con Marco Antonio que va para largo, dicho sea de paso a Marco Antonio le gustaban los esclavos y las esclavas, quizás tuvieron una conversación sobre eso (Estamos improvisando, se sabe que lo distrajo, no se sabe con qué tema) Lo distrajo con un tema de ésos que uno empieza a hablar y van a tardar sus buenos quince o veinte minutos. Una escena que en los policiales se repite, casi siempre. Alguien distrayendo a una persona como para que no delate o no entre en un momento determinado.

César entra, habiendo sido advertido por su mujer, habiendo sido advertido por el adivino en la calle y con la denuncia en la mano, apenas entra, uno de los conjurados empieza a hacerle un reclamo, César trata de apartarlo diciendo que tiene otras cosas más importantes que hacer, hasta que uno de los conjurados, Casca, le saca el manto que César solía llevar sobre los hombros y ésa es la señal para que lo acometan.

Él es el primero en herirlo, con los puñales, porque tenían ocultos puñales en las túnicas y cuando César se da cuenta que lo han herido, le sostiene la mano y le clava el estilo (era el instrumento que usaban para escribir) que era puntiagudo, que es lo único que tiene César a mano y se lo clava.

Pero inmediatamente al pararse, se da vuelta, empieza a mirar hacia todos lados y ve que todos han sacado el cuchillo. Otros senadores que no estaban en la conjura estaban todos con los ojos bien abiertos… En ese momento los conjurados lo rodean, con los cuchillos en la mano. Son muchos. Cuando César se da cuenta de que no tiene ninguna posibilidad, se tapa la cabeza y se levanta el manto para no quedar con la parte de la entrepierna al descubierto en caso de caer, pensando siempre en el decoro, incluso en ese momento de la muerte.

Ya no se resiste, en el único momento que se resiste es con la primera puñalada, después lo empiezan a coser a puñaladas porque son muchos, mientras él va dando vueltas por el senado, lo marcan, porque además la idea de los conjurados era que todos tenían que hacerle un tajo. Era una cuestión obviamente ritual, era como decir “al dictador lo matamos entre todos”. Ritual, envidia, todo junto.

Lo matan, César no dice nada, hasta que reconoce que entre los conjurados está Bruto, uno de los principales, uno de sus protegidos que decían que era su hijo, casi seguro, como para cerrar el drama.

Dicen los historiadores que ahí dice: – Tú también”, otra frase que se ha vuelto proverbial. Algunos dicen que dice: “-Tú también, hijo mío”, depende, que la usamos cuando en medio de una situación donde hay muchas personas, en un grupo, la última persona que uno espera que se ponga en contra de uno, dice algo que a uno no le gusta. Cae César, frente a la estatua de Pompeyo, como para cerrar el drama. De hecho, el mismo César había mandado poner la estatua de Pompeyo allí; ese tipo de cuestiones magnánimas eran muy típicas de él.

Y cae, con el pergamino en la mano, con la denuncia. Ahí los conjurados se quedan al mando de la situación, pero ésa ya es otra historia.

Lo que queremos transmitir es la cantidad de advertencias que una persona recibe sobre determinadas cosas y no siempre las advertencias llevan a que uno tome la decisión correcta.

Roma jamás volvió a ser una república, empezó a ser un imperio. César tiene el privilegio de ser la única persona en la historia que dio su nombre a una sucesión de jerarcas, porque hay apellidos de reyes famosos, de otros emperadores y de otros gobernantes, familias que gobiernan durante mucho tiempo, pero jamás se ha visto que en lugar de decir “emperador”, “rey” o “presidente”, decimos “césar”, que sería algo así como que, un Jorge Pérez empezara a gobernar un país X y de ahí en adelante los sucesores se llamaran los “jorges.” Los reyes a veces tomaban el mismo nombre, pero seguían siendo reyes. En Roma es el único caso.

Roma quedó como el imperio por antonomasia, muchos trataron de copiarlo, de revivirlo. Solamente por dar uno de muchísimos ejemplos, la palabra “zar” de los rusos, viene de César.

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Por admin

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